martes, 22 de mayo de 2018

LA MUERTE DE LOS DEMÁS


El que la muerte, sus consecuencias, la obsesión que despierta o su definición, forman parte del epicentro argumental de infinidad de novelas, canciones, cuadros o películas no creo que sea necesario recordarlo, que ya está ahí Woody Allen como gran ejemplo al respecto. En realidad, es el gran argumento de nuestras vidas. Aunque sabemos que es inevitable, que nadie ha conseguido escapar de ella, que es el fin, game over, pensamos y repensamos la muerte como si intuyéramos que somos los elegidos, los primeros en no padecerla. Desgraciadamente, he visto y sentido la muerte desde muy joven, el destino o que se quiera llamar eso quiso que mi familia se partiera en dos muchísimo tiempo antes de lo previsto. Se fueron demasiado jóvenes los tres, muy pronto. Si algo saco en claro de mi contacto con la muerte es que quienes realmente la padecemos somos los que nos quedamos aquí, los que permanecemos en este mundo que compartimos con los que se fueron. Ellos se van y dejan de sentir, desaparecen, no están. También he aprendido que el dolor no se disuelve como una burbuja de jabón, que no se reduce pasado el tiempo, que el luto, y me refiero al sentimiento de pérdida, a que tu vida ya no volverá a ser igual porque faltan algunos de sus protagonistas, nunca desaparece. Simplemente, te acostumbras a vivir con el dolor, con el dolor propio y con el dolor de los demás. Recientemente he tenido la oportunidad de leer dos novelas que abordan el tema de la muerte y del dolor que genera y la forma en cómo lo expresamos o compartimos que me han llamado poderosamente la atención. Me han tocado por dentro, incluso me he sentido un elemento activo de las historias narradas, por cercanía, por similitud, por reconocerme en las palabras impresas sobre el papel.
La nueva novela de Miguel Ángel Hernández es El dolor de los demás, y bien podría haberse titulado igual que la novela con la que descubrí a este excelente narrador: Intento de escapada, igualmente publicada por Anagrama. Catalogada por algunos como autoficción, la obra parte de un trágico suceso que marcó su juventud, así como la aparentemente tranquila existencia de sus vecinos y familiares en la huerta murciana: su mejor amigo mató a su hermana y a continuación se suicidó, arrojándose a un barranco, en la Nochebuena de 1995. Abiertamente, Hernández abre una puerta de su vida que mantuvo cerrada, premeditadamente, durante mucho tiempo, con la intención de ajustar cuentas con el pasado y asumir y aceptar sus propia memoria, su vida y, sobre todo, las ausencias. Asumir la ausencias, aceptarlas, entender y convencerte de que no volverán, tal vez sea la primera lección en el manual de la muerte, la síntesis del dolor. Escrita desde las entrañas, sin tapujos, sin pensar en el qué dirán los protagonistas de la historia, es un ejercicio de espeleología sentimental tan profundo como sincero. También es El dolor de los demás el retrato de una España tan desconocida como cercana, tan presente como ignorada, en la que muchos crecimos y nos desarrollamos. Esa España sin megas y sin gastrobares, de tapas y chatos, de redes sociales instaladas en los soportales, cuando se tomaba el fresco al anocher; esa España de muchos cuchicheos y pocas palabras, de visillos y encajes, de emotividad contenida y estricta moralidad.

Estricta moralidad, aunque también podríamos hablar de la moralidad oficial, establecida, que está muy presente en Muertes pequeñas, la novela de la británica Emma Flint, que ha publicado en España la editorial Malpaso. Como en la novela de Miguel Ángel Hernández, la historia arranca con la desaparición y asesinato de los dos hijos del recién disuelto matrimonio Malone, en Queens, Nueva York, en 1965, en el transcurso de una calurosísimo verano. La representación pública que Ruth, la verdadera protagonista de Muertes pequeñas, escenifica es, en realidad, la gran trama que sustenta esta novela con apariencia de thriller. No es Ruth Malone la imagen del dolor que se espera por parte de quienes la rodean, que la contemplan desde el resquemor y la desconfianza. También como sucede en El dolor de los demás, Muertes pequeñas es una certera y brillante fotografía, y hasta radiografía, de un tiempo pasado, que se sigue colando entre las sábanas cada mañana. Novelas, ambas, que nos hablan de la muerte y, sobre todo, del dolor que sentimos los que nos quedamos. Un dolor que tal vez sea el mismo en todos, pero que cada cual disfrazamos como podemos.
 

miércoles, 16 de mayo de 2018

CRÓNICA DEL TIEMPO DEL EXCESO: BLOODY MIAMI, TOM WOLFE.

Siempre he encontrado similitudes entre la cinematografía de Martin Scorsese y la literatura de Tom Wolfe. A su manera, ambos creadores, llevan varias décadas mostrándonos el esplendor de la bestia, la gloria de las alcantarillas, el lado oculto, las miserias y bajezas, y, sobre todo, los excesos de su querido y detestado país. Maestros en la “radiografía documental”, a través de sus palabras e imágenes nos han mostrado y analizado los últimos años de los Estados Unidos sin alabanzas gratuitas, desde la asepsia en algunos casos, sin esconder las heridas, la bilis y el veneno, observadores privilegiados de la realidad cotidiana, más allá de las alfombras rojas, las sonrisas nacaradas y los estereotipos de cartón piedra.
Esta similitud que yo aprecio aumentó con la coincidencia en el tiempo, al menos aquí en España, con la publicación de Bloody Miami, la última novela de Tom Wolfe y el estreno de El Lobo de Wall Street, en fechas relativamente cercanas, en las salas de cine. En ambas obras nos muestran casi desde la hipérbole, visual y literaria, los excesos de un mundo que se derrumba, como consecuencia directa, y perdón por la repetición, de una época excesiva. Una época que ahora sabemos que fue mentira, o que fue la mentira que construyeron entre unos pocos para quitarnos prácticamente todo.Esa mentira que nos estamos volviendo a contar.
Lo primero que desprende Bloody Miami es pulso, tensión, ese contar situaciones que parecen anodinas pero que nos sirven para comprender y asimilar el gran fresco, la gran fotografía, que nos ofrece su autor. Es decir, Bloody Miami nos muestra al Tom Wolfe de siempre, el que nos deslumbró con su Hoguera de las vanidades, y que no dejaba de ser una actualización de Las ilusiones perdidas de su adorado e idolatrado Balzac. Porque Tom Wolfe tiene mucho de Balzac, en esa desmitificación de la literatura como ente sagrado, en encontrar en la rutina de hombres rutinarios el argumento de sus novelas, en elevar la realidad como indiscutible hecho narrativo.
El homenaje, por tanto, de Wolfe a Balzac continúa en Bloody Miami, más allá de los guiños, de los nombres que le adjudica a diferentes locales y personajes: en la intención, en los modos, en la estrategia. Empeñado en radiografiar la sociedad que le ha tocado vivir, como ya hizo en sus anteriores “paradas” en Nueva York y Atlanta, ha encontrado en Miami la concepción de esa nueva América mestiza, alocada, trasnochada, carente de valores, obsesionada en la posesión, el poder y el dinero como los auténticos méritos y signos que te reportan el deseado status social
En este Miami de Wolfe el gringo blanco, conservador y estricto es una especie en vías de extinción, y desde luego ya no es el gran protagonista. Ha sido desbancado, incluso arrinconado, por los magnates rusos, los latinos plenamente instalados que han hecho de la ciudad su propia ciudad, los nuevos hombres de negocios que manejan un lenguaje que no se parece en nada al del pasado y el lujo versallesco y canalla que se desparrama como la espuma de un champán que solo se encuentra al alcance de los elegidos.
A pesar de la avalancha de onomatopeyas, excesivas en algunos pasajes, Bloody Miami nos muestra a un Wolfe empeñado en contradecir a su propia biología, actual, certero, brillante, cruel por momentos, siempre irónico e inteligente. Fotografía de un realismo atroz, definición precisa del exceso y de sus inventores. No me cabe duda, de que Wolfe habría sido el autor perfecto para escribir esa novela que el Detroit actual, apocalíptico y fantasmagórico, se merece. DEP.

lunes, 7 de mayo de 2018

EUROVISION IS COMING


Lo tengo claro: conato descarado de boicot. Jennifer López lo ha intentando, se le ve a la legua, pero se ha pasado de rosca. Su Anillo ha traspasado la frontera de Eurovisión para colarse en el amplio e infinito universo de lo innombrable y hasta de la infamia más absoluta, si uno le dedica dos segundos a escuchar la letra de la canción de marras. Tengo claro que no ha sido coincidencia, que J. Lo. y su equipo han tratado de eclipsar a Eurovisión, han querido decir algo parecido a: esta canción sí que ganaría el festival, y de calle, pero no, se confunden, que ese no es el concepto, por mucho que nuestro Silvestre se empeñe en mostrar tableta en ese videoclip a lo Juego de tronos futurista o yo que sé qué es eso, indefinible e indescriptible en el grado más superlativo. La verdad es que da miedito, aunque más miedito da imaginarte bailando el Anillo en cualquiera de las fiestas, ferias o verbenas que nos acechan. Que el calor se acerca y exige su canción del verano, su copla de estribillo machacón, ese hit hortera que debe reinar en la pista de nuestra discoteca mental, esa que llegamos a tararear hasta para nuestro disgusto. Y nos regañamos, pero no se preocupe, que todos guardamos un muerto en el armario, o dos o tres, y hasta una docena, y todos nos hemos dejado llevar por esa canción tan canalla como horrenda, pero bailonga para nuestra desgracia. No más prólogos, adentrémonos en el asunto, hablemos de Eurovisión, que es lo que toca por estas fechas, que la canción del verano aún se encuentra en el horno, en proceso de cocción, quién sabe si en Lisboa están echando los leños al fuego. Hablando de Lisboa, lo reconozco, fui uno de uno de esos miles que se quedó en la lista de espera virtual para conseguir una entrada. Sí, lo reconozco, me encanta Eurovisión, y me encantaría asistir a una final, y me temo que, a este paso, tendré que tomar un avión y recorrer miles de kilómetros, si se mantiene la costumbre de que la final se celebre en el país ganador de la anterior edición.
Después de lo sucedido el año pasado ya no me atrevo a pronosticar nada, y me refiero a que la canción de Salvador Sobral tenía el ritmo y la electricidad de una carrera de caracoles. Haga una prueba, trate de recuperar el estribillo, trate de cantarla, tararee, si alguien del grupo lo consigue merece ser reconocido como cum laude en el doctorado eurovisivo. Me temo que influyó la situación personal del artista, la debilidad que nos mostraba, esa petición de cariño que parecía demandar cada vez que abría la boca. Aunque Eurovisión tiene eso, siempre, se alimenta de los extrarradios, de la atmósfera circundante, y hasta de las fronteras, que le pregunten a Rusia, si no, esa cantidad de puntos satélites –no fallaba una el fallecido Uribarri en sus vaticinios-. Si no tenemos en cuenta lo sucedido el año pasado, me temo que Alfred y Amaia, la representación española, cuenta con muy pocas posibilidades. La cálida y sugerente voz de ella no es suficiente para levantar una tristona canción Disney, que empieza a ser reconocida, y hasta a gustar, sí, porque llega a gustar, después de muchas escuchas. Y Eurovisión no es eso, Eurovisión es el chispazo del instante, el estribillo facilón que se te queda a la primera, las lentejuelas y el brindis, los bótox exagerados y los taconazos, el brillo con reclamo, la pandemia de lo hortera. Toneladas de purpurina. En un segundo, sin tiempo de espera.

Tengo la impresión de que Lo malo, la canción de Aitana y Ana, igualmente de Operación Triunfo, habría contado con más posibilidades, aunque después de lo del año pasado cualquier cosa es posible, insisto. A pesar de todo esto, me mojo, y adelanto el país ganador, y mis amigos coinciden conmigo –sí, nos reunimos para examinar los candidatos; llamadnos frikis, si queréis-, si mantiene en directo el desparpajo que exhibe en el videoclip: Israel. Netta, su representante, cuenta con todos los atributos para alzarse con el galardón, y hasta para ser estrella futura, y Toy, la canción, es el resumen perfecto de lo que debe ser un premio de Eurovisión. Aunque no desdeñemos a la República Checa, con accidente incluido, ni a cualquier nórdico, siempre tan arropaditos entre ellos y ni a una de esas sorpresas que el festival se saca de la manga para seguir avivando su leyenda. Este sábado es la cita, ya tenemos preparados los frutos secos, los caracoles y las pizzas. Los taconazos, los brillos y las lentejuelas, en la pantalla. El Anillo lo tenemos reservado para la apoteosis final, por si aún nos cabe un gramo más de eso, lo que sea, y que prefiero no definir. 
 

miércoles, 2 de mayo de 2018

CAMPEONES


Subnormal, tonto, incapacitado, tarado, mongolo o retrasado son algunas de las expresiones que hemos empleado, o seguimos empleando, para definir a las personas que cuentan con una discapacidad intelectual. Nada de lo que extrañarse, ya que a las personas con discapacidad física las denominamos, porque seguimos haciéndolo, cojos, mancos, tuertos, topos, tartajas, lisiados, tullidos o cualquiera más de esas palabras que parecen sacadas de un hospital de campaña de la I Guerra Mundial, y puede que me quede corto. Nos cuesta cambiar nuestro vocabulario y los argumentos, al respecto, para no hacerlo, son de lo más peregrinos, y normalmente suelen concluir en una reflexión parecida a ésta: lo digo sin maldad. Lo mismo que digo maricón, maruja, puta, cojo, bollera, morito o subnormal, que las digo todas sin maldad, y hasta con cariño, que todo el que me conozca sabe del palo que voy. Otorguémosle a las palabras el valor con el que cuentan y utilicemos las correctas, sobre todo cuando las correctas, las adecuadas, no cuentan con matices estigmatizantes o segundas acepciones o interpretaciones, habitualmente despectivas. ¡Y es gratis, no cuesta nada! Hablemos de incluir, insisto en la belleza de la palabra que tanto y tanto empleo últimamente, porque las palabras, que no dejan de ser la reproducción verbal de nuestros pensamientos y emociones, son muy importantes y su elección o su ignorancia nos representan exteriormente. Las personas con discapacidad han tenido que soportar tradicionalmente no solo el peso de las palabras, también el de toda una sociedad que los ha mantenido al margen. Ocultos, escondidos, en un pasado no tan reciente, como malformaciones que no debíamos contemplar los supuestamente normales. Arrinconados, ignorados, sin posibilidad de integración social, sin concederles una sola oportunidad. Y es que con demasiada frecuencia, y me temo que aún sigue sucediendo, el entorno social fue y es mucho más discapacitante que la propia discapacidad.
Afortunadamente, gracias a la machacona pero necesaria pedagogía de las entidades y de las instituciones la imagen de las personas con discapacidad ha variado para una gran mayoría. No me cabe duda de que el camino de la inclusión comienza con la educación, cuando son capaces de exponer sus diferentes capacidades, porque el no poder acceder fue el gran muro que los excluyó históricamente. Por su pedagogía, por su función normalizadora, es de agradecer el éxito que está cosechando Campeones, la nueva película de Javier Fesser, al que muchos descubrimos por sus delirantes cortos, por El milagro de P. Tinto o por Mortadelo y Filemón. Y no era una empresa fácil acometer esta película, ya que contaba con todas las papeletas para acabar siendo un truño paternalista, falso, cuando no prototípico, como tantas y tantas veces hemos podido contemplar en la pantalla. Y no, Campeones es una película realista, sincera, divertida, vitalista, brillante por momentos, humana, y esto no quiere decir edulcorada, emotiva, y esto no quiere decir lacrimógena, que da protagonismo a la discapacidad, pero sin renunciar a ninguna de sus realidades, tal cual es. Fesser ha combinado con maestría dos elementos esenciales para firmar esta excelente película: por un lado su particular concepción del cine y por otro haber tenido la inteligencia de hacer partícipe a las entidades que representan a las personas con discapacidad, lo que le ha reportado esa naturalidad que desborda Campeones. Y más que acertada la canción de Coque Malla, ese grande de la música española que siempre ha estado ahí –aunque muchos no se hayan dado cuenta.
No olvidemos que todos, sí, todos, contamos con –algunas- capacidades y –bastantes- discapacidades, mírese. Más o menos evidentes. Que pueden ser permanentes o temporales, un simple vendaje, por ejemplo, o empujar un carrito, fíjese que tontería, ¿a que las aceras ya no son tan accesibles? Por tal motivo, deberíamos contemplar la discapacidad con absoluta normalidad, estableciendo más puntos de unión que de desencuentro. En este sentido, la labor que realizan determinadas expresiones, ya sean sociales, deportivas o culturales, como es el caso de Campeones, merecen ser referenciadas y alabadas, ya que conjuga ese hermoso verbo que deberíamos repetir a cada instante: incluir. 

miércoles, 25 de abril de 2018

EL PREGÓN

Pretender que nada cambie, que todo siga siendo igual, que siempre todo siga siendo igual, es la peor estrategia para enfrentarte al futuro y a tu propia vida. Es colocar detonadores es las suelas de tus zapatos. Hasta el más eléctrico y pasional amor juvenil muere, acaba despeñado en el abismo del desamor, si no muta con el tiempo, si no se transforma en amor adulto, en otro tipo de amor. Cambiamos, afortunadamente, sí, afortunadamente. Nos construimos, o nos deformamos, también es posible, a lo largo de los años y sus cosas, y a través de las personas que nos rozan, y como ese pez anaranjado y monótono nos adaptamos al tamaño de la pecera que nos acoge. Las ciudades también cambian, mutan, o tal vez sería más correcto decir que deberían cambiar. Las ciudades deberían ser cada vez más integradoras, más cómodas para una amplia mayoría de sus habitantes. Y no me refiero solo, que también, a sus avenidas, colegios, centros comerciales, recursos sanitarios o a su mobiliario urbano. Las personalidades de las ciudades, sus estándares sociales, también cambian, deben cambiar, aunque sigan manteniendo sus características peculiaridades, todo es posible. Durante demasiado tiempo, demasiado y demasiado tiempo, hemos pretendido que nada cambiara en Córdoba, absolutamente nada, y hasta hemos echado de menos no despertarnos cada mañana con una lata en la mano para regar los geranios de nuestro patio de vecinos. Convertimos nuestras señas de identidad en un duro caparazón con el que aislarnos del exterior, y aún no sé si por miedo, desconfianza o desconocimiento, o por una mezcla de todo. Conseguimos, consiguieron, que algunas generaciones de cordobeses no se sintieran cómodos en la denominación de origen que vendían con ignorante orgullo, como si se tratara de una marca que cotiza en el mercado de las emociones, siempre a la baja. Cuando hay que huir de la ‘retórica gastada’ porque esa ya está mil veces escrita.
Pablo García Casado pasará, y quedará, como un renovador de la poesía porque definió una poética propia para contar asuntos que la poesía ya había contado, pero que no había contado con la visión, percepción, del hombre actual. Pablo renovó la poesía, la ‘retórica gastada’, no se conformó con contarlo como ya lo habían contado anteriormente, tantas y tantas veces. Y el pasado día 17, en el Alcázar, del mismo modo, renovó el pregón, que es un género más complicado de lo que uno podría llegar a imaginar, y es que corres el peligro de que tres líneas después tu pelo blanquee y no precisamente porque se te ha llenado de canas, que también. Pablo pronunció un pregón conciliador, inclusivo, qué hermosa palabra, dando voz y luz, protagonismo, a más de una generación de cordobeses que no nos hemos sentido identificados con esa denominación de origen del pasado, porque simple y llanamente no la hemos vivido. Cordobeses que no nos hemos criado en las tabernas, que no sabemos jugar al dominó, o sabemos poco, que nunca hemos sentido Fátima o Ciudad Jardín como elementos extraños, que sabemos que las leyendas tan nuestras también son leyendas de Granada, Cádiz o Tarragona, porque tenemos conciencia de que el mundo no termina en El Higuerón, porque, y tomando prestadas palabras del poeta, no creo que haya nada que nos haga diferentes a todos los seres humanos de la Tierra. Y contextualizar a Córdoba en ese amplio mundo es una lección que todos deberíamos aprender, pero desde la naturalidad, no sintiéndolo como un desafío o una competición.
El poeta vino a decirnos que se puede ser cordobés de muy diferentes maneras, y que todas esas maneras son absolutamente válidas, ya que nadie tiene en propiedad el patrón y quien así lo considere está despreciando al resto. Tenemos que agradecerle y mucho a Pablo García Casado su pregón porque es el discurso de una nueva Córdoba, porque como antes mencionaba las ciudades también son las personas que las habitan, y que todas tengan y tengamos voz es el gran objetivo, porque de este modo cada día seremos más construyendo sociedad. Hablemos de incluir, ese hermoso verbo que deberíamos conjugar en todas sus formas, especialmente en sus tiempos presentes y, sobre todo, futuros. Eso es lo que hizo Pablo García Casado el pasado día 17, incluirnos a todos, construir sociedad. 
 

viernes, 20 de abril de 2018

TRILOGÍA DE LA GUERRA


Si tuviera esa manía tan extendida de subrayar los libros y que no tengo porque me recuerda a mi época estudiantil que tanto aborrecí y aborrezco, tendría que haber trazado una sola línea, que tendría que haber recorrido de principio a fin las casi 500 páginas de Trilogía de la Guerra, de Agustín Fernández Mallo, la novela con la que ha conquistado el prestigioso premio Biblioteca Breve. Una obra, crepuscular, que va a entusiasmar a sus lectores de siempre y que le va a reportar, con absoluta certeza, un sinfín de nuevos lectores. Y es que Trilogía de la guerra es un maravilloso y fastuoso artefacto no solamente literario, también lo es antropológico, artístico o científico, que lo abarca casi todo, del hombre de Neardental a una bolsa de Kentucky Fried Chicken, de las Meninas a una canción de Sparklehorse, de las pinturas en las cavernas a una imagen en tres dimensiones. Y no por ello deja de ser una novela muy asequible, gracias a la habilidad, al inmenso talento de Agustín que lo cuenta todo muy bien, de una manera muy pedagógica, demostrando que la Literatura no tiene que ser un ámbito complejo o áspero para el lector. Es Trilogía de la Guerra, y es algo que cuenta, y mucho, en el haber de esta novela, un espléndido elogio de la ficción. Yo he leído la obra de Mallo como si todo lo que sucede, como si todos sus personajes, fueran reales. Todo me lo he creído, todo lo entiendo como posible, de principio a fin, y esa es la mayor habilidad que tal vez puede tener una novela: envolver la ficción con la naturalidad de la realidad. Y lo hace, lo logra, a través de una galería de personajes con personalidades muy marcadas, con los que no tardamos ni un segundo en empatizar, a pesar de las evidentes y manifiestas diferencias que podamos encontrar con ellos; y lo hacemos a través de la interminable sucesión de historias que nos encontramos, una detrás de otra, como una red que se extiende de un lado a otro, en constante crecimiento y movimiento.
A cualquier expresión artística, de una canción a un poema, le pido, o me conformo, escoja, que me emocione, y Trilogía de la guerra me ha regalado muy diferentes emociones: he sonreído, he llorado y he reído a carcajadas, hasta con lágrimas en los ojos, leyéndola. Me encantaría poder reproducir algunos de esos delirantes pasajes, pero la solidaridad con el posible lector me lo impide. También me ha regalado un buen puñado de sueños. Ha comentado Fernández Mallo en alguna de las muchas entrevistas que ha concedido en las últimas semanas que sea cual sea el formato de la obra a la que se enfrenta siempre lo hace desde la poesía, sintiéndose poeta. Algo que demuestra en Trilogía de la guerra, que en gran medida se puede considerar como un inmenso poema que estira y estira, hasta el borde del absurdo, hasta situarlo en un punto nuevo, que ha descubierto el escritor gallego, y en el que despliega toda su magia. Indicaba anteriormente que Trilogía de la guerra es una obra pedagógica, y lo es porque se trata de una magnífica radiografía del mundo que nos ha tocado vivir, así como un homenaje a las grandes referencias culturales de los últimos cien años, a través de algunos de sus más ilustres personajes, Lorca, Sebald, Dalí, Einsten, Marx, Ginsberg o Borges, o a través de sus manifestaciones, como pueden ser el realismo mágico, la literatura de viajes o el diario.
Es Trilogía de la guerra una novela tremendamente optimista, vitalista. Agustín, a través de sus páginas nos muestra que el mundo que tenemos, a pesar del ruido de fondo, a pesar de sus miserias, a pesar de las dolorosas y trágicas migraciones, a pesar de Trump, Putin, Berlusconi y demás, es el mejor mundo que el hombre ha conocido. Y solo por eso, tal vez sea bueno mantener viva la llama de la memoria, y recordar ese ayer horrendo donde el ruido de fondo lo constituían las guerras. Igualmente, es una novela que tiende a la universalidad, que cuestiona los nacionalismos fanáticos, ya que nos habla de un mundo en red, interconectado, global. Pero por encima de todo, es Trilogía de la guerra una obra que reivindica la literatura, el poder de la palabra escrita, y que disfrutará cualquier lector que acceda a ella sin ningún tipo de prejuicio, como quien toma asiento en una de esas atracciones en las que no sabes lo que te vas a encontrar al siguiente metro. Un viaje apasionante.


El Día de Córdoba

miércoles, 11 de abril de 2018

MÁSTER EN BRONCAS


Qué sería de nosotros sin los memes. Aunque también podríamos formular la pregunta de otra manera, pero me temo que la respuesta ya sería menos agradable. Menos graciosa. Hemos vivido una semana de broncas públicas, políticas y reales, y hasta de la realeza. Luego tenemos esas otras broncas, privadas, de mesa camilla, o bajo el edredón, pero que cada palo aguante su vela, dice el refrán. Ni tocarlas, que a nadie interesan. El meme de la Reina Letizia y la Reina emérita Sofía como unos personajes más de Las Meninas de Velázquez me parece una auténtica maravilla, casi al mismo nivel que el gol de Cristiano. Bueno, no tanto, el gol del futbolista portugués lo sitúo por delante. Se pueden hacer mil y una interpretaciones de las imágenes que todos hemos visto, porque todos las hemos visto, de la trifulca entre las reinas pasada y presente, y hasta se pueden establecer bandos, todo es susceptible de interpretación, faltaría más. Lo hace porque le impide a la Princesa de Asturias saludar a una señora, lo hace porque es mala malísima, pero ella es suegra de manual, y anda que como le limpia la frente después del beso, escoja el comentario o interpretación. Comentarios e interpretaciones, todas ellas, que no consiguen ocultar la realidad, lo visible:  quedó en evidencia que entre ellas existe una pésima relación y, sobre todo, que es lo único que nos debería importar, porque a mí al menos me da exactamente igual cómo se lleven, que no es admisible que la Familia Real ofrezca esa imagen, tan mala, de tangana en cena de Nochebuena, públicamente, a la vista de todos. Tras la avalancha de memes recibidos en los últimos días, me temo que la Reina Letizia no es que cuente con su propio elefante, es que tiene toda una manada. Y sin tener que viajar a Botswana.
Más bronca. Quien puso la mano por Cristina Cifuentes y su máster está ingresado en el hospital con quemaduras de segundo grado. La dirigente conservadora se empeña en defender lo indefendible y en justificar lo que no tiene justificación, y para mantener su honra o lo que sea a salvo no ha dudado en arrastrar por el fango a toda una Universidad. ¿Quién vale más? Valgo yo mucho más, se respondió Cifuentes ante el espejo, en la planta noble de la calle Génova. Lo de Cifuentes surge de esa tan extendida moda de la titulitis, o la obsesión por justificar mediante un título enmarcado que se poseen tales y cuales habilidades, previo pago por caja y a golpe de riñón, que baratos, lo que se dice baratos, no los había, al menos en el pasado. Ponga un máster en su vida, alguien gritó, y todos corrieron a apuntarse. Eso sí, todos ellos con nomenclaturas estratosféricas, de relumbrón absoluto, que un máster con denominación humilde no es admisible. Yo no tengo ningún máster, ni jamás lo tendré, porque la realidad es que nunca me lo he planteado. Mi máster se desparrama en las baldas de las estanterías y como una nieve polvorienta cubre los libros leídos; mi máster viaja en las ruedas y asas de mis maletas, y en el surco de mis discos, cuando los cosquillea la aguja de mi plato. Mi máster lo he cursado en salas de cine, en festivales varios, en exposiciones y congresos, en el teclado del ordenador, mirando, oyendo y, sobre todo, escuchando, parece que es lo mismo y no. Mi máster está en mi cabeza, y también lo tengo desperdigado por las librerías y las bibliotecas, o en esta tribuna. En esto, he de reconocer que me siento un privilegiado. Mi máster lo he pagado con miles de horas, con sudor y lágrimas, con otra vida al otro lado de la vida. Ofreciendo un cacho de mi propia vida, que no es poco.
Las instituciones, cualquier tipo de organismo, ya sea público o privado, todas las personas con significación social, por el motivo que sean, se construyen y dignifican por sus trayectorias, por sus hechos, indiscutiblemente, pero también por sus gestos y por la imagen exterior que nos ofrecen. Y tanto la bronca viralizada en la Catedral de Palma de Mallorca como la bronca suscitada por el mástergate de Cifuentes no hacen más que añadir motas de polvo, y hasta de moho, a instituciones y estamentos que deberían estar limpios y brillantes, como las patenas del refranero popular. ¿Cómo es el lema de la Real Academia Española de la Lengua? Pues eso, a utilizar el estropajo y a frotar, hasta que brillen.