lunes, 19 de febrero de 2018

SER PADRES


Horrorizado, conmocionado, sobrepasado, desconcertado, amenazado, desconsolado, no encuentro una palabra con la suficiente entidad, con la suficiente precisión, para describir cómo me siento, cómo nos sentimos, porque entiendo que nos hieren y escuecen a la mayoría por igual las noticias de las últimas semanas, me refiero a las supuestas violaciones de menores a otros menores, uno de ellos con discapacidad intelectual, en las provincias de Jaén y Málaga. He de reconocer que he sentido un pinchazo en el estómago algunas mañanas cuando he dejado a mi hija pequeña en el colegio, como si tras la puerta le aguardara la jungla, lo desconocido, lo peligroso. En cierto modo, me he colado bajo el pellejo de esos padres, y no sé todavía si es peor que tu hijo haya sido el agredido o el agresor. No sé que me consumiría más por dentro. Tal vez que uno de mis hijos fuese uno de los agresores, ya que eso me deformaría hasta el infinito en mi faceta de padre. Es muy complicado ser padre o madre, muy complicado, no nos dejaron el libro de instrucciones, y la experiencia de nada sirve: son nuestros hijos pero también lo son del tiempo que les ha tocado vivir, y, por tanto, su infancia y juventud es completamente diferente a la que nos tocó vivir a nosotros. Aún así, estableceremos analogías erróneas que no vienen al caso. Insisto, es muy complicado ser padre, en este tiempo presente, pero también lo fue en el pasado, como lo será en el futuro. No nos creamos que lo tenemos peor que cualquier otra generación de padres que haya existido o existirá. Será o fue diferente, pero igualmente difícil. Y esa dificultad no puede desembocar en una renuncia, no expresa pero sí real, a ser padre o madre. Me temo que renunciamos con demasiada frecuencia y ante la menor adversidad.
Me encantó una campaña de fomento de la lectura que pudimos ver hace unos años en la que se nos mostraba a unos niños leyendo porque sus padres también lo hacían. Aunque entes independientes, nuestros hijos proyectan mucho de lo que les inculcamos, de lo que ven y viven en casa y en su entorno más directo. Y no nos rasguemos las vestiduras, seamos sinceros, pueden ver a padres y madres que fuman, que beben alcohol, que juegan y apuestan dinero, que se pasan el día en las redes sociales, que insultan al equipo contrario o que asesinan a doscientos “malos” en un videojuego. Y también pueden acceder a la pornografía que almacenamos en nuestros ordenadores o móviles, la mayoría de las veces vía WhatApps, porque les dejamos nuestros móviles mientras pretendemos que nos dejen un rato tranquilos. También tenemos derecho, nos justificamos. Y como queremos vivir tranquilos, procuramos pronunciar las menos de las veces la palabra NO, como si hacerlo fuera un acto cruel e inconcebible hacia con ellos. Todo esto lo hacemos porque tenemos la plena seguridad de que nuestros hijos son exactamente iguales que nosotros, y si nosotros no hemos caído en ninguna adicción, no somos unos asesinos en serie o unos maltratadores, damos por hecho que nuestros hijos tampoco lo serán. Y si no es así, si no son como nosotros queremos, ahí están el Gobierno, la Junta, el Ayuntamiento o el sistema educativo para responsabilizarlos de sus comportamientos, porque no es nuestra responsabilidad. Nosotros lo hemos hecho todo bien, les hemos dado todo eso que nosotros no tuvimos con sus edades. Y es que les hemos dado, en multitud de ocasiones, hasta lo que no han pedido.
Lo queramos o no, somos como peces, y crecemos según la medida del entorno que nos acoge. Sin contar con toda la información, estoy seguro que los entornos han condicionado a estos niños que ahora juzgamos con tanta dureza y severidad. Tengamos en cuenta, en primer lugar, que son menores, con todo lo que esto supone, y el que hayan cometido una monstruosidad no los convierten automáticamente en monstruos de por vida. ¿Los condenamos ya para los restos? ¿Con 12 ó 14 años no se puede reconducir una persona? ¿Creemos en la capacidad regeneradora de la educación? Obviamente, no existe una varita mágica, como tampoco hay eximentes totales de culpa, todo y todos tienen parte de la responsabilidad. Pero la mayor responsabilidad, tengámoslo claro, la tenemos nosotros, los padres y las madres, la familia en su conjunto. Y esquivarla, no asumirla, es condicionar, y cuando no mermar, el futuro de nuestros hijos. Con nuestros aciertos y nuestros fracasos, conscientes de la dificultad que entraña, no renunciemos a ser padres y madres, porque esa función, plenamente, no la podrá realizar nadie más.


martes, 13 de febrero de 2018

CAL, PAN Y LIBROS


Recuperemos a Federico García Lorca en el arranque de este artículo, su contundente proclama en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros: "No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría pan; sino que pediría medio pan y un libro. Más de ochenta años después, y eso que ha llovido y supuestamente hemos evolucionado, la proclama de Lorca sigue vigente y yo la sigo aplaudiendo y repitiendo cuando se tercia, que es frecuente en estos tiempos de abominable contabilidad, austeridad insana y hojas de cálculo por encima de todo. Coma y lea, todos los días. Lea y coma. Coincide el Goya a La librería, la hermosa y poética película de Isabel Coixet, basada en la deliciosa novela de la británica Penélope Fitzgerald, y que no deja de ser una reivindicación por el amor a la lectura, por los libros, en definitiva, con el 20 aniversario del Centro Andaluz de las Letras. Para quien no lo conozca, el CAL, que es como lo conocemos todos los amigos, amantes, conocidos y familiares, con mayor o menor grado de consanguinidad, de los libros, es el organismo público, dependiente de la Consejería de Cultura, de la Junta de Andalucía, responsable de la difusión de la literatura y sus autores. 20 años de actividad, que han dado para mucho, ya que han marcado un antes y un después en la expansión de la Literatura andaluza o de la Literatura escrita por andaluces, escoja. 20 años de lecturas, homenajes, exposiciones, mesas redondas, talleres y de promoción, aquí, en el resto de España y también fuera, como cuando Andalucía fue la invitada de honor en la mítica FIL mexicana de Guadalajara, y que muchos autores andaluces pudimos disfrutar en todo su esplendor e intensidad. 20 años de libros, de poemas y novelas, de ensayos, 20 años de Cultura.
Recuperemos de nuevo a Lorca, pero en su faceta al frente de La Barraca en esta ocasión, aquella misión pedagógica y ambulante, representación del sueño de Giner de los Ríos, que recorría pueblos y aldeas llevando obras de teatros, recitales poéticos, repartiendo cultura, en definitiva, en aquellos puntos con difícil o inexistente acceso. Durante estos 20 años el espíritu de aquella Barraca ha formado parte de la idiosincrasia del CAL, y así una legión de escritores, de todas las tendencias, colores, tamaños y dimensiones, nos hemos desperdigado por las ocho provincias andaluzas, relatando nuestras experiencias, compartiendo nuestras inquietudes, leyendo nuestros cuentos, novelas o poemas, respondiendo dudas, recuperando las voces de los maestros. Animando a chavales, a adultos, a miembros de clubes de lectura, a iniciarse o proseguir en la lectura, y también en la escritura, como en la Escuela de Escritores, compartiendo vida y anhelos. Más me han enriquecido a mí esos encuentros, y hablo desde mi experiencia personal, especialmente los mantenidos con los más jóvenes, que me han permitido ver el presente y también el futuro con meridiana claridad, así como con las personas mayores, tan repletos de emoción y sabiduría, no creo que les haya podido devolver todo lo recibido, que ha sido mucho y bueno, muy bueno.
Hablar del CAL es hablar, inevitablemente, de Pablo García Baena, su director emérito, también cabría calificarlo como espiritual, hasta que nos ha dejado. No habrían podido encontrar una figura que mejor representase y, sobre todo, dignificase a esta institución. Pero también es hablar de Juanjo Téllez, de Antonia Osorno, de Gabriel, de María José, de Julio, de Paco, de Lourdes, de Antonio Luis y de tantos y tantos buenos profesionales, porque no hay estructura o programa que se sustente en el tiempo sin el trabajo y sin el compromiso de quienes se ocupan del día a día, y los del CAL son ejemplos a significar por todos los motivos. Y mucho más en esta época de quejas y desafectos, en el que entiendo que es bueno, es sano y, sobre todo, es justo, destacar la labor de una entidad cultural, que ha luchado contra viento y marea por mantener su estructura, dimensión y actividades. Como tampoco puedo acabar esta columna sin recordar a Julio Manuel de la Rosa, narrador de raza, maestro de periodistas, que ha fallecido esta misma semana y que también formó parte de la gran familia del CAL. 20 años más como poco, le deseo, que los libros sigan caminando por esta Andalucía nuestra. Pan y libro. Más CAL, como diría Lorca, que vuelvo a recuperar en la despedida. 


lunes, 5 de febrero de 2018

50


Seguro que lo sabe: Felipe VI ha cumplido 50 años, lo han contado en todos los periódicos e informativos, ha sido amplia la cobertura. Y, al mismo tiempo, el propio Rey le ha impuesto a su hija mayor, la Princesa Leonor, el Toisón de Oro, que suena a película romántica, monárquica y medieval, y que representa, o viene a representar, el continuidad dinástica, el relevo. Se han dicho muchas cosas esta semana del Rey, de sus años, del tiempo vivido, el primer monarca constitucionalista, dijeron, un Rey formado en la Democracia, apuntaron, el Rey de un nuevo tiempo, repitieron. Yo también cumpliré 50 este mismo año, por lo que comparto con el monarca un sinfín de recuerdos, acontecimientos, el trasiego de este tiempo, a ratos convulso, a ratos apasionante, siempre eléctrico. Tuve la oportunidad de conocerlo hace unos años, en el transcurso de una cena generacional. Un tipo majo, de larga mirada, a simple vista. Los que este año cumplimos 50 nacimos bajo el signo del mayo francés, y nuestros primeros pasos fueron sobre unos adoquines que muchos se empeñaron en mostrarnos como fina y cálida arena de una maravillosa playa de postal, pero no, eran adoquines, muy adoquines. Y es que nuestra infancia transcurrió en una dictadura de la que apenas recordamos nada y que, sin embargo, nos marcó demasiado. Nos marcó porque nos desperezamos en un país adocenado por el miedo, infectado de fanatismo, enfermo por el inmenso y casi irreparable dolor provocado por millones de heridas abiertas. Un país sin cicatrizar, analfabeto y oscuro. Un buen día, mientras unos lloraban, otros cruzaban los dedos y unos cuantos sonreían, vimos como instalaban las urnas en nuestros colegios, y también vimos como el color se iba colando en nuestros televisores, y también en nuestras vidas, reduciéndose las interminables horas de la Carta de Ajuste. Empezamos a no ganar festivales de Eurovisión y de la OTI, 300 millones dejó de emitirse y los tres globos decidieron soltarse y recorrer el cielo hacia ninguna parte. Raro era el día en el que el Telediario no arrancaba con un nuevo atentado y todos los lunes Interviú nos destapaba, literalmente, a una celebridad más o menos célebre, y hasta muy célebres, mucho antes de que Gran Hermano existiera. Sí, hubo un tiempo sin Gran Hermano.
Los que este año cumplimos 50 años conocimos un mundo ampliado, todo era grande, a veces inmenso, las televisiones tenían más culo que las gafas que Rompetechos y por eso, tal vez, ahora nos emociona, casi desde la incomprensión, una diminuta tarjeta de memoria en la que caben un millón de discos de tres y medio, y puede que me quede corto. Conocimos a Rompetechos, a Anacleto, a Mortadelo y Filemón y al Profesor Bacterio mucho antes que a los Pokemons y Lobezno. Nos criaron con caldo de cocido y sucedáneo de café, malta la llamaban, y ahora somos unos expertos gourmets capaces de distinguir la comida china de la tailandesa y hasta nos bandeamos con seis docenas de vinos de diferentes denominaciones. Y el café de cápsula, intenso y breve. Con nuestro cubata de larioscola en la mano jamás podríamos haber imaginado estos gintonics actuales con más decoración que la pecera de un restaurante chino. Los que este año cumplimos 50 hablamos por teléfonos de ruleta, conocimos aquellas maletas que escondían los primeros móviles y ahora diseñamos Apps de nueva generación, como si nos hubiéramos criado en Palo Alto. Jamás tuvimos sillita de protección en los coches de nuestros padres, que por cierto no tenían asientos y sí sofáscamas en los que dormíamos plácidamente en aquellas interminables carreteras de doble sentido que recorrían toda España.
Los que ahora cumplimos 50, como el Rey, nos hemos adaptado como hemos podido a estas décadas de cambios y velocidad, de permanente transformación, en todos los sentidos. Y hemos sobrevivido gracias a que hemos asumido todos esos cambios como algo natural, como el signo de los tiempos, integrándolos como un elemento cotidiano de nuestras vidas. Disimulando la perplejidad en muchos casos, pero sobreviviendo siempre. Precisamente por eso, por lo mucho vivido, tal vez contemos con esa distancia que nos permite verlo todo de otra manera, más relativa, no sé si más objetiva. Espero y deseo que el Rey, nuestro Rey, a fin de cuentas, comparta estas sensaciones y que ejerza su oficio con respecto a este tiempo concreto que nos ha tocado, y que mañana será otro, y no necesariamente peor.


miércoles, 31 de enero de 2018

LA PESTE


Indiscutiblemente, no hace honor a su nombre. No le sucede lo mismo que a El accidente, que bien podría haberse titulado, con idéntica exactitud, La catástrofe y hasta El batacazo. En este caso, no, por todos los motivos. Tenían que ser esa pareja del cine español que conforman Alberto Rodríguez y Rafael Cobos los que se atrevieran a dar el paso para ofrecernos un producto televisivo de primera calidad, capaz de competir con  cualquiera que nos llega “allende nuestras fronteras”, empleando una expresión de orgullo patrio de otro tiempo. Porque La peste es cine, puro cine, que se proyecta en las pantallas de televisión. No creo que haya mejor elogio para una novela, una canción, una película o una serie de televisión, la primera sensación que tuve nada más terminar de ver La peste es que necesitaba seguir viéndola, no quiero esperar una segunda temporada, la quiero ya, y una tercera y una cuarta y una quinta, hasta que el hijo de Mateo, o de quien sea, tome el relevo, hasta que Paco León nos muestre las canas de los años y hasta cuando alguien limpie un poco las calles de Sevilla. Sé que voy a repetir argumentos que ya se han comentado, aún teniendo en cuenta ese riesgo, que es el peor de los riesgos en estos casos, no puedo dejar de mencionar la excelente manufactura de la serie, sí, parece de HBO, sí, y no cito a Netflix porque alguien me podría recordar a Las chicas del cable, y no. Es imponente la ambientación, creíble, la sientes, sientes la mugre, los harapos, hueles y tocas, vives, esa Sevilla monumental y sarnosa al mismo tiempo, puerta de entrada a un Nuevo Mundo, como una Nueva York del siglo XVI. La trama te engancha desde el primer momento, desde la primera secuencia, gracias a la historia que te plantean y gracias, igualmente, al magnetismo de los personajes principales. Personajes excelentemente perfilados, con multitud de aristas, de pieles, que nos asombran, conmueven y atrapan conforme los episodios se van sucediendo. Personajes que consiguen ese objetivo tan complicado de alcanzar en cualquier buen thriller, ni nada ni nadie es lo que parece (si no todo lo contrario).
Porque La peste, además de un exhaustivo recorrido por la Sevilla y España del Siglo XVI, es un thriller de principio a fin, y lo hace cumpliendo con nota, con sobresaliente, siendo muy correcta con el género, al que homenajea a través de las referencias que encontramos a lo largo de los capítulos. No me cabe duda de que con La peste va a suceder un fenómeno similar, a la española, claro, que con el Rebeldes de Coppola, en el sentido de que va a suponer la rampa de lanzamiento de una nueva generación de actores y actrices. Quiero y necesito ver más veces a Mateo resolviendo casos, impecablemente interpretado por Pablo Molinero, un actor al que debemos prestarle atención, intuyo que nos ofrecerá grandes interpretaciones en el futuro. O a Patricia López Arnáiz, vibrante en esa contención, o a Cecilia Gómez, en su papel de Eugenia, frágil y dura al mismo tiempo, o a Manolo Solo, que ya ha dejado de ser una revelación para convertirse en una garantía de buen hacer, o a Paco Tous o a Paco León, sobreponiéndose a esa tic cómica que le adjudicamos por defecto. Es de destacar que en una obra tan coral, de tan amplio reparto, nadie desentone. Y yo agradezco, sobre todo, que no desentonen los niños que aparecen, que ha sido históricamente un hándicap de la escena española. En La peste, afortunadamente, no, y los niños también resultan creíbles.
No puedo acabar sin referirme al acento, esa polémica que aún no termino de comprender. ¿Alguien, en su sano juicio, podría plantearse que en La peste, una serie que transcurre en Sevilla, en Andalucía, los personajes no hablaran con acento? En el Siglo XVI ya existía el acento andaluz, sí. Imagino que usted no cuestiona los dos primeros Padrinos, a estas alturas ya es incuestionable. ¿Ha visto en versión original esas películas, ha escuchado el acento de Brando y De Niro, por ejemplo? ¿Cree que mereció algún tipo de crítica? Todo lo contrario, formó parte de los elogios, el que ambos actores incorporaran un deje “calabrés” en sus interpretaciones. Naderías aparte, en La peste se vuelve a demostrar, tal y como demostraron en 7 vírgenes, en La isla mínima o en El hombre de las mil caras, que Alberto Rodríguez y Rafael Cobos son el músculo más sano y fuerte, más ágil, de la anatomía sobre la que se expande la cinematografía española. 


lunes, 22 de enero de 2018

PABLO Y LA BELLEZA

 Tus hijos estarán en su palco de congelado yeso, divertidos, mirando increíbles proezas de cowboys celestiales, y yo, ya sabes dónde: impares, fila 13.


Empezar, todo joven, de nuevo aquel amor es como abrir de pronto cerrado gabinete irrespirable de agonía suntuosa. Paseaba por Roma, pensando en el artículo que le pretendía dedicar, cuando me llamaron para contarme que Pablo García Baena acababa de fallecer. En ese preciso momento, yo pensaba y me entregaba a lo que Pablo entregó toda su vida, a la belleza. A buscarla, a cultivarla, a sentirla, a disfrutarla, a amarla. Si Sorrentino hubiera conocido a Pablo lo habría convertido en personaje de sus películas, de todas, no me cabe duda. Como asesor, silencioso y sabio cardenal, confidente, en el Joven Papa. Escritor taciturno y voyeur en Juventud y, sobre todo, le habría disputado el protagonismo a Gambardella, ese amante de la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, en La gran belleza, esa película maravillosa que el mismísimo Fellini habría disfrutado y admirado como si se tratara de una obra propia. Se nos ha ido Pablo dejándonos esa loca pulcritud que tan bien le definía y en la que, en cierto modo, convirtió su vida. Porque la suya fue una vida Fontana de Trevi, profunda y excelsa, bella y atropellada, melancólica y agitada al mismo tiempo, recatada y observada, bella en su desafío y en su aparente blancura. Umbral llamó a sus gatas Loewe y Pasionaria, que casi puede entenderse como una perfecta síntesis de lo que fue su vida, y también lo podríamos aplicar a la de Pablo. No era el amor y se llamaba Antonio. Hablaba como un indio del Far- West. Pablo alternó, con idéntica habilidad y naturalidad, los piropos a los obreros, la evocación de los amantes furtivos, con la solemnidad de un pregón de Semana Santa o un café en el Círculo de la Amistad. Y no lo hacía por protección o falso decoro, ambos mundos componían su mundo, su particular mundo en el que buscar y encontrar la belleza.
La poesía de Pablo cuenta con la sorprendente luminosidad del Panteón de Roma, esa cúpula mágica en la que se suspenden los copos de nieve en los días más fríos del invierno. Cuando el frío también es belleza en Roma. He leído en decenas de ocasiones Palacio del cinematógrafo, ese poema que Ang Lee debería haber leído las mismas veces que yo antes de filmar Brokeback Mountain, esa secreta historia de amor entre vaqueros. Tus hijos estarán en su palco de congelado yeso, divertidos, mirando increíbles proezas de cowboys celestiales, y yo, ya sabes dónde: impares, fila 13. Un poema tan melancólico como trágico, tan bello como luminoso, que sintetiza a la perfección una historia de amor clandestino. Memoria, realidad o el deseo. Sin previo aviso, Pablo se presentó en la presentación de El sentimiento cautivo, una novela en la que narro las vivencias de un grupo de poetas, pintores, artistas, en la Córdoba de los años cincuenta y sesenta. Durante su redacción, Pablo siempre estuvo en mi cabeza, y he de reconocer que tuve que camuflarlo y casi emborronarlo para que no se pareciese al protagonista de la historia. Pero era él. Y puede que el propio Pablo lo supiese, pero nunca me lo dijo, tampoco yo se lo pregunté. La mermelada duró más que el amor. Recuerdo que un día hablamos de nuestro colegio, los dos estudiamos en el mismo, en el López Diéguez, aún se acordaba de la vivienda de los porteros y de la fuente del patio. Y también se acordaba de los naranjos, y de la cal, de esa infancia que nunca abandonó definitivamente.
Lo tituló Los campos Elíseos y yo siempre me confundo y lo titulo El Coliseo, porque es un poemario imponente que se contempla y admira desde la distancia, como si viajáramos  tras Gregory Peck en esa Vespa que recorre la interminable avenida. No podríamos entender la poesía del Siglo XX, o la poesía de cualquier siglo, sin la obra de Pablo, impregnada de esa belleza a la que le dedicó su vida. Capilla Sixtina de azules interminables y rojos abrasadores, poética de la sensibilidad en su más perfecta definición, helado de fresa y Barroco, aljibe y taberna, Laocoonte y Pasquino, foie y salmorejo, callejuelas y paseo marítimo, costa de los sueños, fila 13 y Carrera Oficial. Cuando regrese al fuego suicida de mi patria definitivamente tú habrás muerto. Los que sentimos el aliento de la belleza seguiremos recordando y leyendo a Pablo, necesitados de latido y abrazo, de palabra y luz. Hasta siempre, maestro.

El Día de Córdoba 

martes, 16 de enero de 2018

MUJERES DE NEGRO


En la recién celebrada gala de entrega de los Globos de Oro, y no me olvido de esa coletilla que tantas y tantas veces hemos escuchado, como si se tratara de un mantra cinematográfico: antesala de los Oscar de Hollywood, la práctica totalidad de las invitadas, buena parte de ellas componentes de la galaxia de las estrellas más rutilantes del universo del celuloide, decidieron embutirse en vestidos y trajes negros, como repulsa y denuncia por las últimas y escandalosas revelaciones, en las que muy influyentes productores y consagrados actores han empleado su poder, y hasta su fuerza, para conseguir favores sexuales de las actrices, también de intérpretes masculinos, en sus primeros tiempos, especialmente, cuando iniciaban sus carreras. Esas historias casposas, rijosas y denigrantes de otro tiempo que siguen vigentes en este tiempo, como si siempre estuviéramos, sobre todo en lo relativo a las mujeres, en el aquel otro tiempo, permanentemente instalados en la caverna. Gestos, miradas, intervenciones al respecto, emocionante el alegato de la celebérrima Oprah Winfrey, a la que ya contemplan como una futurible candidata a alojarse en la Casablanca, siempre y cuando Michelle Obama no se decida a dar el paso, añadiría yo. Efecto dominó el que se ha producido, cada poco conocemos un nuevo caso, un nuevo rostro conocido sale a la palestra, salpicado de acusaciones, y todo indica que esto no ha hecho más que comenzar. A este paso, el brillo que presuponíamos no va a pasar de oscura sombra y el glamour acabará siendo un finísimo y mentiroso barniz con el que ocultar toneladas de herrumbre y basura.
A pesar de la tragedia que se esconde tras estos hechos, de la evidencia machista que muestran y rezuman, caspa gruesa, hay quien argumenta que no entiende estas denuncias pasado el tiempo, sobre todo porque en algunos casos les sirvieron como trampolín para alcanzar el éxito. Vamos, que lo entienden como un peaje a pagar para lograr el triunfo. Tragar con lo que sea. Tragar. En Francia, algunas actrices e intelectuales han firmado un manifiesto en el que solicitan que no regresemos al puritanismo. Así, con esa mera explicación, en el titular, estoy de acuerdo, no puritanismo, siempre del lado de la libertad, por supuesto, ya sea cultural, político, religioso o sexual, faltaría más, pero cuando leo la letra pequeña del manifiesto franchute ya me gusta menos y como que me salgo de la fila. Y es que no se puede confundir flirteo con abuso de poder, como tampoco se puede equiparar la coacción con una invitación a nada ni la atracción con “esto es lo que hay”, porque por esas reglas de tres se acaba admitiendo la prostitución como una relación laboral entre iguales que debe ser regulada administrativamente, justificando la brecha salarial como un lógico proceso económico o volviendo a adjudicar el cuidado de las familias a las mujeres como un elemento de cohesión social. Porque esos argumentos salen a la palestra cuando las cosas se tuercen y el torniquete nos aprieta el gaznate. Así está escrita, desgraciadamente, la historia de las mujeres. En tiempos convulsos, cuando se producen fracturas en la sociedad, ya sean económicas, laborales o culturales, ellas son siempre las que pagan los platos rotos. Siempre.
Es más, siempre dudamos de las mujeres, sobre todo cuando creemos ver el menor resquicio para dudar, porque en realidad lo que queremos es dudar, y mucho más que dudar, acertar, culpar. Y dudamos con el caso de la patéticamente célebre Manada y dudamos con Diana Quer, como en su día también dudamos con Marta del Castillo. Si intuimos un error, una mala postura, una imagen que consideramos improcedente desde nuestra visión de hombres, si algo no es como entendemos que debería ser, como debería ser bajo nuestra opinión de hombres, cuestionamos a la mujer, ya tenemos preparado un pero, una duda, un recelo. Claro, ahora protestan, cuando son famosas y ricas, pero por qué no lo hicieron antes, decimos, es que vaya las fotitos que mandaba, argumentamos, vaya Instagram que tenía la niña, alguien comenta en la barra de la cafetería con absoluta naturalidad y así todo. Hasta contemplamos un punto de frivolidad, de pose o de teatralidad, en esas estrellas del celuloide desfilando por la alfombra roja, vestidas de negro.