martes, 21 de noviembre de 2017

SANTAS Y MÁRTIRES


En realidad, no hemos cambiado tanto. También podemos arrancar afirmando que apenas hemos cambiado. Lo sabemos, lo sabes, tú y yo, lo sabemos todos. Las cosas siguen siendo como siempre han sido, como queremos que sigan siendo. Especifico, como los hombres queremos que sigan siendo. Y levantamos muros, pataleamos, mordemos, utilizamos cualquier estrategia o argucia, da igual, con tal de que la cosa siga siendo como hasta ahora, que es como mejor nos viene y conviene. Lo que me llama la atención es lo rápido que nos adaptamos a los diferentes cambios, a las otras evoluciones, cuando nos interesan, cuando nos benefician, y lo que nos cuesta dar nuestro brazo a torcer, levantar la pierna o pata, cuando esos cambios se refieren a la igualdad de género. Wifi, smartphone, deportes de riesgo, implantes bucales o capilares, libertad de horario de consumo de alcohol, corrección quirúrgica de la vista, videoconsolas de realidad virtual, yo qué sé, siga usted mismo rellenando la lista, que aún quedan mil cosas que aceptamos porque nos benefician, y no nos cuesta nada, absolutamente nada, desdeñar lo pasado, lo de siempre. El peso de la tradición pesa lo que a nosotros nos da la gana, me refiero a los hombres, oiga, les adjudicamos y concedemos el valor que nos interesa en ese momento. La igualdad de género es una “modernidad” que no nos conviene, porque nos obliga a compartir el cortijo, porque nos sitúa en el mismo nivel que las mujeres, a su misma altura, qué barbaridad, ya escucho el eco de los primeros cabreados, apenas a un par de metros, no dispuestos a conceder ni un solo centímetro. La igualdad de género no es más que apostar por una sociedad del cien por cien, de las capacidades, de las ideas, de los talentos, lo que nos beneficiaría a todos y todas, sin excepción, porque haría de la nuestra una sociedad más rica, más sabia, más bonita. Y usted a lo mejor entiende eso, que no es tan difícil de entender, pero es que hay muchos no dispuestos a entender. Todos esos que consideran feminismo como el antónimo de machismo. ¿Qué es un antónimo? Pues eso. 
Se acerca el 25 de noviembre, Día Internacional Contra la Violencia de Género, día en el que las cifras nos volverán a demostrar con su frío pragmatismo que mantenemos una sociedad desigual, casi coincidiendo, un año más, con la celebración del Feminario, que organizan esas necesarias “insumisas” capitaneadas por Rafaela Pastor. Esas tías locas, gritan desde el gallinero los de siempre. Han hablado en los pasados días del patriarcado, que no deja de ser ese peso de la tradición al que me refería con anterioridad, y que pesa lo que usted y yo queramos que pese. Hay mucho de ese patriarcado, de ese asfixiante peso de los años, en el juicio de ese terrorífico y repugnante grupo autodenominado Manada –aunque yo sigo manteniendo que piara les define mucho mejor-. Se admite como prueba el informe del seguimiento a la víctima, sí, a la víctima, por parte de un detective privado contratado por la defensa de los acusados. Una argucia judicial o pericial, dicen algunos... sigue leyendo en El Día de Córdoba.
 

lunes, 13 de noviembre de 2017

280


Como ascender el Alpe D´huez con una bicicleta con motor, como ganarle un partido a un equipo con tres jugadores expulsados, como conseguir una buena fotografía con tres filtros de Instagram, como leer el Quijote de Reverte y creer que te has leído el auténtico, como hacer el salmorejo con la Thermomix o una fabada utilizando fabes de bote. No, así no tiene mérito, y yo soy de los que piensan que las cosas hay que currárselas, y bien curradas. Y es que desde muy pequeño me han enseñado, y yo he asimilado sin dificultad, que todo aquello que no cuesta esfuerzo, todo aquello que no merece la pena, que te hace sudar, de tal modo que hasta llega a doler, y no solo físicamente, no merece la pena. Sí, soy uno de esos que cree, firmemente, muy firmemente, en la cultura del esfuerzo, del tesón, de la dedicación, eso que llaman trabajar duro, y que algunos creen que es un planeta del espacio sideral en el que nunca tendrán que poner el pie. Me gusta lo complicado, me gusta que los retos, cualquiera de ellos, me supongan un esfuerzo, mayor el gustazo cuanto mayor sea el reto conseguido, obviamente. Y es que no me fío de lo que no cuesta, de lo fácil, de lo que se consigue con un abrir y cerrar de ojos. Siempre he recelado de lo gratis, de lo que se regala. Tal vez lo desprecio por pura desconfianza, aferrándome a ese dicho que tantas y tantas veces me repitió mi padre: nadie da duros a pesetas. Además, aunque pudiera, no quiero que me den duros a pesetas, o euros a céntimos, actualicemos, quiero lo justo, la correspondencia, la equivalencia, al trabajo, a los conocimientos, a la dedicación, y al talento, también el talento, que todo pesa y cuesta. Todo este preámbulo para hablar sobre los 280 caracteres de Twitter, que ha sido la gran noticia de esta semana, junto a la gran noticia de las últimas semanas y meses, y que por eso de la insistencia, y hasta de la pesadez, está comenzando a dejar de ser noticia. Y es que han sido tantos y tantos y tantos los días históricos vividos, que le hemos empezado a coger gusto, y cariño, y hasta algo más, a los días normales, con sus cosas normales, protagonizados por personas normales.
Perdón por el lapsus, todavía no sé cómo se me ha podido olvidar, que esta semana, además del gran tema, hemos tenido otros dos grandes temas, de importancia considerable y que han marcado un antes y un después en nuestra historia más reciente. Por primera vez, sí, por primera vez, no se extrañe, aunque yo sea el primer extrañado, se ha suspendido sin previo aviso la nueva edición de Gran Hermano, que habían apellidado Revolución en esta nueva entrega. Dicen que por una supuesta agresión sexual, aunque también apuntan como consecuencia a su escasa audiencia. Si éste último, el de la audiencia, es el verdadero motivo, es una buena señal, aún hay esperanza, aún podemos seguir confiando en la especie humana. Eso sí, lo siento por cierta publicación semanal, que se ha quedado sin la cantera para sus portadas. El otro tema, gran tema, también histórico, qué barbaridad la de días históricos vividos recientemente, es el de la camiseta de la Selección Española de Fútbol, obviamente, que nos ha tenido en vilo durante unos cuantos días. Analicemos, cuánto de morado tiene, cuánto de exaltación del republicanismo podemos encontrar en la zamarra. Pues como en esos dibujos del Ojo Mágico, centre la mirada hasta quedarse bizco y responda.
Después de la semana vivida, con tan magnos y profundos acontecimientos acaecidos, después de tantas semanas de pesadilla independentista y después del anuncio de la red social del pajarillo, la verdad es que apenas accedo a mi cuenta, y que cuando ... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 6 de noviembre de 2017

SEGUNDAS PARTES, LOS RESTOS


Me gustaría dedicar todo este artículo a The Leftovers, que es la última joya que me ha proporcionado la televisión, o el cine que se emite por televisión como llaman ahora. Si contará con seis páginas de periódico, no creo que pudiera contarles el argumento, de qué va, aunque tal vez todo se resuma en una sola palabra: pérdida. Cómo reaccionamos, cómo nos sentimos, qué somos capaces de hacer para curarla. No sé. Me lo pienso un rato y lo intento unos renglones más adelante. Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas, hasta que llegó Coppola y filmó ese universo cinematográfico que es El Padrino II. Tal y como me sucede con el Quijote, que cada ciertos años lo leo y lo celebro como un gran acontecimiento, porque para mí realmente lo es, de cuando en cuando me preparó una olla de espaguetis boloñesa y me paso todo un día viendo los Padrinos. Coppola nos quitó el miedo a las segundas partes, pero la realidad es que el refranero se sigue cumpliendo, más de lo quisiéramos, y tal vez por eso todavía no haya ido a ver Blade Runner 2049. Y lo acabaré haciendo, pero de momento no me he atrevido. Dentro de mi mitomanía cinematográfica, que es muy amplia y diversa, ciertamente, los replicantes ocupan un lugar de honor. Jamás me podré olvidar de esas lágrimas bajo la lluvia. Lo paradójico es que el primer Blade Runner fue una obra maestra tardía, como si se tratara de un vino, hasta que no pasaron los años, y viendo que se mantenía sin avinagrarse, no se habló con gravedad de la peli de Scott. No le sucedió lo mismo que a El Padrino o a La lista de Schindler, no, que fueron clasificadas como clásicos casi desde el mismo día del estreno. A Blade Runner le costó, pero lo consiguió. Podríamos hablar de otras segundas partes más o menos memorables, pero no hablemos nunca de eso que llaman remakes y que normalmente solo consiguen engrandecer la obra original. Psicosis, es un magnífico –y terrible- ejemplo.
Qué más les puedo contar de The Leftovers. Nada de la trama, que seguro acabo haciendo spoiler, y no quiero, sería mi última intención. La banda sonora, cómo juegan con las versiones, que se adhieren a la historia como una piel sonora que te roza la piel. Hablando de segundas partes, termino de dos sentadas la segunda de Stranger Things y me descubro ese sombrero metafórico que nunca es una realidad sobre mi cabeza. Sigue siendo ese batiburrillo de juveniles y efervescentes referencias ochenteras, de los Goonies a Super 8, pasando por E.T. y los Bicivoladores, con su poquito de Poltergeist y Alien, bien cubierto todo de laca en spray y banda sonora a la medida, de baile de fin de curso, como aliño. Y aún así, lo que ya no debería ser una sorpresa en esta segunda entrega, porque es más de lo mismo, nos sigue enganchando. Gran mérito el de los Hermanos Duffer, debo reconocerlo, que han diseñado un artilugio que funciona a la perfección, pero sin agotar la trama y sus personajes, tampoco el decorado, que en esta serie es tan fundamental, y sin agotar, sobre todo, al espectador. Todo lo contrario, te quedas con ganas de más, ya espero con impaciencia la anunciada tercera entrega.
No puedo decir lo mismo de mis queridos zombies... sigue leyendo en El Día de Córdoba
 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL NOVELISTA

Aunque sus primeras novelas tuvieron un cierto predicamento: algunas apariciones en los periódicos y varios centenares de ejemplares vendidos, desde hace unos años el novelista pierde todos los días la batalla contra la pantalla en blanco. Y es que todos los días lo sigue intentando. Apenas 20 páginas, anémicas de historia, colmadas de rodeos, es la pingüe cosecha de los últimos, muchos, meses. Y eso que cada poco, tras leer en prensa o ver la secuencia de una película o serie que le llama la atención, el novelista cree haber dado con esa semilla que al final acabará floreciendo en forma de novela. Poco más de 20 renglones redactados, cuando todo se desmorona, como un castillo de naipes ante el iracundo paso de Irma. Fuma y fuma el novelista en la terraza, mientras contempla la calle, como si esperase encontrar en los que transitan por las aceras, o en las puertas de los negocios que se abren y cierran, esa noticia, ese suceso, por insignificante que sea, que encienda la mecha de una hoguera literaria. Pasaron los días, las semanas y los meses, más de un año, hasta que en una mañana templada de mayo el novelista encontró en la bandeja de entrada de su correo electrónico un mensaje, remitido por Jonathan Brest, en el que se podía leer, a modo de resumen: soy miembro de la British Ambassadorol Delegates y quiero invertir en tu país, que está creciendo notablemente, contacto contigo para que me ayudes a construir y administrar mi proyecto de inversión en tu país, quiero saber si puedo confiar en ti y si eres capaz de manejar tales proyectos, para así darte los detalles completos de la inversión. No le sorprendió al novelista el texto, más que acostumbrado a recibir correos similares, pero sí que no se hubiera colado directamente en la bandeja de spam, en la bandeja principal, y que estuviese redactado medio decentemente. Aún creyendo que estaba siendo objeto de una broma o estafa, el novelista respondió a la misiva: estaría encantado de poder ayudarte.
Tras otro día de pantalla en blanco y multitud de cigarros consumidos en la terraza, el siguiente comenzó con un nuevo correo de Jonathan Brest, en el que tras agradecerle su pronta respuesta le señalaba que si iban a compartir un negocio, lo más adecuado era conocerse mínimamente. Mira el archivo adjunto, concluía el correo. En un archivo de Word, titulado “Mis primeros años”, Brest narraba a lo largo de 15 páginas sus primeros duros años en Senegal, miembro de una familia de escasos recursos, las escenas de guerra que había contemplando casi siendo un bebé, las penurias para ir al colegio cada día, y el traumático suceso que padeció al cumplir los 8 años, cuando fue secuestrado por un pirata y contrabandista Libanés. Leyó el novelista las 15 páginas de un tirón, ensimismado en una lectura que, aunque bronca y mal redactada, estaba cargada de emoción, sinceridad y, sobre todo, intensidad, pasaban muchas cosas y todas ellas muy llamativas. El novelista, consciente del tesoro que tenía entre las manos, infinitamente superior al que le pudiera deparar ese supuesto negocio que seguía considerando una estafa, abrió una nueva carpeta en la pantalla del escritorio que tituló: nueva novela. Copió el texto de Jonathan Brest y comenzó a rescribirlo, en tercera persona y en pasado, con las “comas” en su sitio. Te llamarás John Lorg, dijo y, colmado de felicidad, encendió un cigarrillo.

La estéril y prolongada sequía creativa dio paso a un torrencial periodo de escritura compulsiva. Cada mañana, el novelista recibía 10, 15, 20 páginas, la vida de Jonathan Brest, contada ordenadamente, que posteriormente reinterpretaba, a través de su John Lorg, un alto y atractivo hombre de negocios hecho a sí mismo, nacido en Guinea Ecuatorial. Lo que jamás habría podido imaginar, sucedió: en apenas quince días, el novelista contaba con una novela con más de 200 páginas, a la que solo le faltaba el capítulo final, la que debía trasladar la historia al presente. De repente, y sin previo aviso, era martes, cuando el novelista despertó no encontró un nuevo correo en la bandeja de entrada. Tampoco el siguiente, ni dos, tres y cuatro días después. Pasada una semana, angustiado por el vacío y el silencio, el novelista escribió a Jonathan: ¿estás bien? Quiero que me sigas contando tu historia. No habían transcurrido ni treinta segundos, cuando obtuvo la respuesta: eso te toca a ti hacerlo. Y el novelista, abrumado y desconcertado, encendió un cigarrillo y comenzó a escribir.


jueves, 26 de octubre de 2017

CATALUNYA 2089



El 15 de octubre de 2040, coincidiendo con el centenario de la muerte de Lluis Companys, el Govern de la Generalitat declaró unilateralmente la independencia, proclamando la República Independiente de Catalunya. Hasta que llegó ese momento, los catalanes vivieron momentos convulsos, que han marcado el devenir de su historia más reciente. Todo comenzó con lo que en su día denominaron como el Procés, y cuya fecha más señalada la encontramos en el 1 de octubre de 2017, con la celebración de un referéndum ilegal en el que apenas participó un 40% de la población –realmente nunca existieron datos veraces-, y en el que el entonces President, Puigdemont, entendió que el pueblo catalán había optado por la independencia. Una independencia de 12 segundos que solo admitió en el contexto internacional Maduro, presidente de Venezuela. Al mismo tiempo que las grandes empresas e instituciones bancarias comenzaron a trasladar sus sedes sociales fuera de Catalunya, temerosas de que la inestabilidad pudiera afectarlas, empezaron a producirse las detenciones de algunos líderes independentistas, acusados de vulnerar las leyes del Estado Español. Tras meses de una frenética y tensa relación entre el Govern de la Generalitat y el español, donde la falta de acuerdos fue la tónica dominante, se convocaron elecciones para junio de 2018. El resultado fue el de un empate técnico y numérico entre las fuerzas independentistas y las soberanistas. Se conoce 2019 como el año del Gran Éxodo, debido a que cuatro millones de catalanes decidieron abandonar sus ciudades de origen para asentarse en territorios colindantes o, con frecuencia, regresar a sus localidades de origen, Andalucía y Extremadura especialmente. La estadísticas reflejan que entre 2019 y 2021 la población de Catalunya descendió en un 46%. Este descenso coincidió con el holgado triunfo en las elecciones autonómicas de un nuevo partido político –sin posicionamiento ideológico-, el PRCDLCDC (Partido Republicano Catalán De Los Ciudadanos De Catalunya), liderado por el joven abogado Jordi Mas, que obtuvo 115 escaños de los 135 que componían el Parlament.
Durante las dos décadas siguientes, siempre con Jordi Mas como President, la Generalitat optó por la confrontación política y la distancia frente al Gobierno de España, así como con el resto de Europa, para lo que no dudaron en aprobar una interminable batería de medidas y leyes. Prohibición del idioma español en territorio Catalán, prohibición de consumir productos no catalanes, obligatoriedad de exhibir esteladas en todos los edificios públicos, incluidos los religiosos, sanitarios y educativos, así como medidas más concretas como declarar personas non gratas a Serrat, Juan Marsé,  Isabel Coixet, Vargas Llosa, Joaquín Sabina o Antonio Machado, entre otros muchos. Lista que se fue ampliando durante años, incluyendo en ella a nombres que en un principio fueron grandes valedores de la causa independentista. Del mismo modo, se diseñó un férreo sistema educativo en el que los niños aprendieron los ríos, montañas, fauna y cultura catalana, en profundidad, pero ignorando dónde se encontraba Cádiz o La Habana, y sin aprender en qué consistieron la Revolución francesa o el Renacimiento italiano, por ejemplo.
Tras un breve periodo de estabilidad política, no así financiera o cultural, el PIB catalán se redujo en un 58% y apenas permanecían abiertas las puertas de tres salas de cine y de dos librerías, en 2073 la incipiente Republica Catalana comenzó a agrietarse cuando seis territorios exigieron celebrar un referéndum para volver a la situación previa a la firma del Tratado de los Pirineos que tuvo lugar en 1659. La Generalitat trató de evitar la convocatoria solicitada amparándose en sus propias leyes, pero tras lo que se conoce como el Decenio Historicista, diez años de convulsión política y social, en los que se produjeron numerosas detenciones y altercados callejeros, no le quedó más remedio que proclamar la Republica Confederada de los Pueblos Catalanes. Una proclamación tan breve como frágil, ya que muchos de los territorios en desacuerdo, al sentirse agraviados con esta nueva denominación, solicitaron volver a formar parte del Estado Español. Tras años de enfrentamientos y pugnas, en 2087 Cataluña se divide en tres tras 14 consultas populares no vinculantes: Catalunya Autèntica, Catalunya Històrica y Catalunya Española. La Autèntica, germen del movimiento independentista de principios de siglo, se estableció al sur de Tarragona, aislándose de las otras catalunyas tras unos altos muros alzados expresamente. En la actualidad, el único dato significativo que disponemos es que Jordi Mas sigue siendo el President.

El Día de Córdoba 

martes, 24 de octubre de 2017

SERIES QUE NO TE PUEDES PERDER

Desconcertante, angustiosamente poética, melancólica, imprevisible, arropada por una soberbia banda sonora. Maravillosa. Una búsqueda interminable. The leftovers.
No es solo el sello Fincher, ese toque Zodiac tan presente, es un guión equilibrado y certero, son las historias paralelas, las interpretaciones, las interioridades, el retrato del mal... Aplastante, intensa, vibrante. Mindhunter.

martes, 17 de octubre de 2017

LA PAYASA


Tras ponerse la redonda nariz roja de plástico se miró en el espejo: peluca color zanahoria, rotundos coloretes, cejas pintadas de negro, exageradas pestañas. Se repasó el uniforme: amplio pantalón negro, sujetado con dos tirantes, también negros, zapatos de charol como barcas en los pies, una camisa de rombos blancos, verdes y rojos. Para finalizar, los últimos accesorios, un bastón blanco y negro y un bombín, que nunca llega a estar sobre su cabeza. Conforme con lo que ve, Marta se dirige a la cocina y abre el frigorífico, de donde saca una enorme tarta de chocolate, galleta y natillas. Con cuidado, la coloca en una caja rectangular de cartón y se dirige al garaje comunitario: plaza 102, Toyota Corolla 6402BPY. Ocupado el maletero por un amplificador, varias telas y una pequeña escalera plegable, deposita la caja con la tarta en el suelo del asiento del acompañante. Nada más salir a la calle, al final de la rampa, tiene que frenar para dejar paso a una mujer que camina acompañada de sus dos hijas. La menor descubre a Marta, al volante, al otro lado del cristal, y la expresión de su cara cambia en un instante: es miedo, pánico incluso. Vaya tela la peliculita, voy a tener que cambiar de disfraz a este paso, se lamenta Marta, que conecta la radio. Suena una canción de los Smiths que consigue trasladarla a otro tiempo, años atrás. Era joven y le gustaba bailar los viernes por la noche, hasta el amanecer. Diez minutos de trayecto, hasta llegar a una urbanización en lo que hasta no hace tanto eran las afueras de la ciudad. Ya no, de la mañana a la noche pasó a ser una zona cara, con centros comerciales y pistas de paddle. Tras descender de su automóvil, se dirige al edificio 5 y pulsa el piso 2ªD. Soy la payasa, vengo al cumpleaños de Nacho, responde Marta. ¿Payasa? Pregunta una dubitativa voz de hombre, a través del telefonillo. ¡Sorpresa!, grita Marta eufórica, y la cancela se abre. En el portal se cruza con un hombre y una mujer que la observan desconcertados, pero Marta ya está acostumbrada a esas miradas. Se sabe a salvo bajo el disfraz.
Tres segundos después de pulsar el timbre, un hombre de unos 35 años, moreno, se llama Eduardo, abre la puerta. ¡Ya está aquí Loquita, la payasa!, se presenta Marta, ofreciendo la caja de cartón que contiene la tarta de galletas, chocolate y natillas. Perdón, pero es que no hemos contratado ninguna payasa, le informa Eduardo, con cierto pudor. ¡Sorpresa!, exclama Marta, y se cuela en el interior de la vivienda. Eduardo sonríe con extrañeza y conduce a Marta hasta el salón, donde 7 niños rodean una mesa repleta de bocadillos de chocolate y chorizo con margarina y batidos de vainilla y fresa. Gloria, la pareja de Eduardo, le exige una explicación a éste con la mirada, a lo que responde encogiendo los hombros. Seguro que es obra de su hermano, para así justificarse que nunca viene a ver su sobrino, y eso que es el padrino, piensa y no dice Eduardo, al mismo tiempo que Gloria supone que Eduardo esta elaborando la misma teoría, mil veces repetida. ¿Dónde está Nacho?, pregunta una desaforada Marta, con los brazos abiertos, y un niño de pelo negro responde temeroso, levantando la mano. Lo de Stephen King no tiene nombre, resopla Marta interiormente.
Durante más de una hora Marta repite su repertorio de canciones, bailes y juegos habituales, consiguiendo desde el primer instante la complicidad de todos los niños. A su lado, son felices, y ella también lo es. Se muestra especialmente cariñosa con Nacho, el “cumpleañero”, al que concede todo el protagonismo. Se esmera Marta, como si se tratara de un ritual sagrado, a la hora de interpretar la escenografía de apagar las 8 velas, música y luces se incorporan a la función. Le encanta a Marta cuando en la despedida los niños le ruegan que no se vaya, que se quede unos minutos más, pero por propia experiencia sabe que es el momento de marcharse. Por curiosidad, ¿quién te ha enviado?, no puede evitar preguntarle Gloria en la despedida, junto a la puerta. ¡Sorpresa!, repite Marta la respuesta de otras ocasiones. De regreso a casa, tras retirarse peluca, maquillaje, pestañas y nariz roja de plástico, Marta se tumba en la cama y toma la fotografía que hay sobre la mesita de noche. En ella aparece un niño moreno, de cara redondeada, en el preciso momento de soplar una vela con forma del número 8, en el centro de una tarta de galletas, chocolate y natillas. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, comienza a tararear.